El reclamo público no nació de suposiciones partidarias ni de excusas tras una derrota; brotó desde la cúspide misma del éxito. Cuando Victoria Sauze admitió sin pelos en la lengua que “hay jugadoras del equipo que directamente no llegan a fin de mes”, cuando Cristina Cosentino manifestó lo absurdo de entrenar en doble turno de lunes a viernes mientras pagan cuotas para jugar en sus clubes o cuando una compañera suya debió instalarse a vivir en el CeNARD al no poder afrontar un alquiler, se expuso la contracara del esfuerzo amateur.
Incluso ex referentes como Agustina Albertario sumaron gasolina al debate, apuntando a una desatención estatal histórica y exigiendo transparencia a la propia Confederación sobre los ingresos de sponsors.
La pregunta que flota en el aire es evidente: ¿Se trata solo de sensaciones o hay un sustento real detrás de la precariedad? La respuesta llegó con la frialdad de los datos duros.
El drama de Las Leonas campeonas del mundo: sueldos bajos y becas que no alcanzan
